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2.10.10

Una noche con Mariana

Las cosas podrían haber sido distintas esa noche. En vez de quedarme con Paula, podría haber optado por alguna de las otras. En realidad por la otra, porque Chernobyl había quedado descartada de plano después de mi comentario sobre su desconocimiento de Buenos Aires. En efecto, mientras yo hablaba con una tuve varias veces la oportunidad de intercambiar miradas con la otra, que cada tanto aportaba algo en nuestra conversación, acaso como si estuvieran disputándose la presa con su amiga. Tendría que haber hecho algo, quizás, pero adopté una actitud absolutamente pasiva, concluyente en que me dejara llevar por la que había marcado territorio en primer lugar. Ahora es tarde. No puedo cambiar los hechos pasados. Pero puedo recordar una versión posible, alternativa.

En algún momento Paula se levantó para ir al baño y yo giré hacia el otro sector de la mesa. La rubia seguía mirándome con cara de pocos amigos, pero Mariana, en cambio, volvió a sonreírme al tiempo en que empezaba a tantear el terreno. Fue demasiado para la Chernobyl, que también se levantó en dirección a los sanitarios. Su amiga aprovechó la ocasión y dijo sentirse un poco mareada, entre el humo y la música y el alcohol la cabeza no me da más, necesito un poco de aire... ¿me acompañás afuera? Miré hacia los costados: no había moros (ni Paulas) en la costa. Me levanté de la silla y le extendí la mano, ella la tomó con la suya y así, estrechándolas bien fuerte, nos encaminamos hacia la puerta y la calle.

Aproveché la luz para mirarla mejor: era un poco más alta que yo, de sonrisa amplia y cabellos tan oscuros como sus ojos, clavados en mí y capturándome en la profundidad de su mirada. Solté su mano para rodearla por la cintura y empezar a caminar sin un rumbo definido. Ella me seguía, se dejaba llevar sin la más mínima resistencia. Desde que habíamos pisado la vereda ninguno había vuelto a hablar, íbamos en silencio, en movimientos acompasados y lentos, pensando en nada, hasta que nos interrumpió un estruendo de Bizarre love triangle desde el fondo de su cartera. Ella sacó el aparatejo ése del demonio, le echó un vistazo, y lo volvió a guardar, no sin antes apagarlo. Yo la miré extrañado. Ella se largó a reír, y empezó a argumentar que la pesada de Paula me llama por cualquier boludez, que no joda. ¿Resultaste un poco garca, Mariana, o me parece a mí? En ese entonces, no me importó. Reí yo también, y ¿querías aire vos? Tengo la moto en la otra cuadra, vamos a dar una vuelta.

Seguimos caminando en medio de una animada charla hasta dar con la Yamaha, entonces me puse de frente a ella y, diciendo alguna estupidez relativa al priorizar la seguridad, tomé el casco con ambas manos y lo llevé sobre su cabeza, Mariana alzó los brazos y sus dedos pasaron por mis dedos y después al casco, mis manos se deslizaban hacia atrás y hacia abajo, por su nuca y el cuello, lentamente de vuelta hacia adelante y entonces entre mis dedos se encontraba su barbilla frágil e impoluta, más arriba sus labios cada vez más cerca de los míos hasta encontrarse y el beso, consecuencia obvia y natural del proceso de seducción que ella había iniciado, de ese fuego que ardía en mí en espera de un momento y un objeto para ser liberado. Sin generar el más mínimo disturbio ella depositó el casco sobre la moto y juntó sus manos entre mi pelo, con delicadeza en un primer momento y después cada vez más fuerte, aumentando en proporción con la intensidad que se jugaba entre nuestras bocas y los cuerpos, apenas separados por esas capas de ropa que se disolvían en el sentir, mis manos iban descubriendo lentamente sus curvas mientras las suyas comenzaban a bajar por mi espalda y mi pecho, las piernas de los dos entrelazadas y no sé cuánto tiempo estuvimos así, quizás sólo unos segundos, quizás horas, pero de cualquier manera, y por fuera del absurdo de linealizar y objetivar la experiencia, fue poco y mucho, el tiempo justo y necesario para hacer del momento la perfección. Finalmente abordamos la moto y enfilamos para el sur. Bordeando la playa llegamos hasta los acantilados, donde nos detuvimos un rato para ver las olas romper contra las piedras y continuar con el ritual besístico bajo la luz de la luna.

El frío y el viento pudieron más que nosotros, por lo que pocos minutos después terminamos volviendo a la ruta. Yo iba de vuelta hacia el centro, aunque sin un destino demasiado claro, hasta que en algún momento me dejé llevar por las instrucciones con que ella me iba acariciando el oído. No sabía a dónde estábamos yendo y tampoco me importaba, de modo que ni pregunté, yo escuchaba y seguía hasta que listo, pará por acá... llegamos. Un minuto más tarde estábamos entrando en un edificio, y otro después en su cama. Un sexo apasionado, fuerte, salvaje... y truncado: en algún momento, en medio del éxtasis, se me escapó, sin que me percatara de ello, un apelativo. Ella se detuvo abruptamente y ¿qué dijiste? Yo la miré extrañado, sin saber qué contestar, sin saber siquiera qué había hecho. Boludo, ¿“Pau” me dijiste? Y ahí entendí todo. Las cosas no podrían haber sido de otra manera.

18.3.10

[fr.] IV

Yo tenía un solo casco por aquel entonces, y obviamente lo cedí a mi acompañante. Nosotros charlábamos y la moto iba, sin un rumbo fijo, hasta llegar a una estación de servicio de ésas que parecen tener attachado el patio de comidas de un shopping. Por cinco dólares o un poco más, submarino y café doble. Se llamaba Inés y sonreía como ninguna. Su expresión cambiaba en cuestión de segundos, llevaba la cara por espejo del ánimo, del alma, en el brillo de sus ojos evidenciaba su pasión para vivir la vida, el amor y el enojo y la alegría por el chocolate, nos perdíamos los dos en la conversación llenos de interés por el otro, me atrapaba el cuerpo entero contándome la historia de su vida, se sumergía ella en mí cuando le hablaba del desarraigo y mis épocas parisinas. Ocurre que por el trabajo de mi segundo padre, diplomático él, desde los nueve hasta los doce años estuve viviendo en la capital de la France, y cuando volví obviamente ya no era el mismo. En el secundario me enseñaron que eso era el “viaje del héroe”, como Hércules u Odiseo, después alguien hablaría de los ritos iniciáticos y el Bar Mitzvah, el el único problema era que yo no tenía ni medio pelo de héroe, mucho menos de judío adulto, por lo que el significado del viaje cobró sentido recién cuando un fulano pisco-analista me habló del lado de acá y el de allá, tener dos orillas y perderse en el medio del océano tempestuoso, naufragar a la deriva sin conocer ni origen ni destino, yo tenía 15 años y entraba en crisis porque no sabía si yo era yo o el otro yo o, por qué no, Irene, como aquel profesor que hablaba de su novia María “que puede ser Carlos”. Ine estaba saliendo de Olivos por primera vez, acababa de empezar el primer año de su licenciatura en Letras y por ello se había mudado a un pequeño depto en Caballito, un dos ambientes con cocina que podés venir si querés, es medio un quilombo pero no como para asustar, y entonces dejamos las tazas vacías y de vuelta a la moto, yo tenía ganas de dar unas vueltas y ella dijo que no le molestaba, llovía y hacía frío pero no para nosotros, en vez del camino obvio por Independencia seguí por el bajo y de pronto estuvimos en su Olivos natal, doblamos en Corrientes para ver la casa de sus padres y volvimos por Maipú, un tramo de General paz y salimos por Urquiza, Triunvirato derecho se hace Corrientes y Drago y el parque, al final salimos a Acoyte y en algún momento llegamos, mucho menos caótico de lo que imaginaba, apenas algo de ropa desparramada sobre la cama y una tarta a medio comer en la cocina, además de los pelos de gato por doquier a los que por suerte no soy alérgico, sí a las abejas y berenjenas y personas mayores de cincuenta (gran excusa para no visitar a mi madre, por cierto), pero allí donde estaba era Inés y todo me invitaba a sentirlo hogar con todas y cada una de sus letras. Después de juntar la ropa y meterla en un bolso (en sus visitas dominicales la llevaba a casa de sus padres para ser lavada, me explicó) ella se sentó sobre la cama y me invitó a acompañarla. Se estiró hasta la mesita de luz, dio play a un discman que tenía conectado a unos parlantes, agarró un cenicero y encendió un Marlboro. Sonaba Angelene, presumiblemente a esta mujer le gustaba PJ Harvey y lo que escuchábamos se trataba de Is this desire?, para ese momento la conversación era ya mucho más pausada porque los dos nos perdíamos entre la música, después del cigarrillo el cenicero volvió a su ubicación original y me surgió besarla, un beso chiquito pero cálido y bienvenido, nos separamos y si no era felicidad lo que se le veía en esa sonrisa entonces no sé qué, mientras yo me dejaba caer mi espalda sobre la cama ella me abrazó de costado y besó mi mejilla justo antes de que nuestros torsos dieran contra las sábanas. No sé cuánto tiempo estuvimos en esa posición. Eventualmente, nos quedamos dormidos y cuando desperté el disco ya había terminado. Abrí los ojos y giré levemente la cabeza para verla dormir, su respiración contra mi hombro, todavía grabada en su cara la sonrisa. No me atreví a moverme, no quería despertarla. Volví a cerrar los ojos, volví a dormir.

10.12.09

[fr]. II

Hasta ese momento sólo había visto el jardín y la cocina, pero el resto de la casa me era aún desconocido. Debo decir que merece un párrafo aparte. La construcción databa probablemente de la década del 30 o del 40, pero había sido severamente refaccionada. El ancho del terreno andaría entre los 8 y 10 metros, habíamos entrado por lo que originalmente era la puerta al típico pasillo de las casas chorizo, ahora única puerta de acceso peatonal; aunque el frente de la fachada había sido alterado para construir una cochera, permanecía completamente armónico. Evidentemente, la tarea había sido encargada a un arquitecto con buen ojo. La cochera tenía una salida al pasillo, por la que entramos para encontrarnos con un reluciente New Beetle, propiedad de los hermanos, aunque sólo lo usaba Mauro porque a Paula le aterraba el tránsito porteño. Se lo habían regalado los padres cuando ella sacó el registro, antes de eso la cochera había estado vacía durante años porque la madre nunca manejó y el viejo (así llamaba Paula a su sexagenario progenitor) había decidido no hacerlo más después de un accidente que tuvo a mediados de los noventa y que por poco le cuesta la vida. Extraña coincidencia ésa, mi viejo murió cuando yo tenía 5 y él volvía de un viaje de negocios en Rosario, aparentemente manejaba a más de 150 kilómetros por hora y no pudo esquivar a un camión que venía en dirección opuesta y se cruzó de carril por vaya uno a saber qué motivo. Es aún al día de hoy que no he visto ninguna foto del accidente, lo lloré mucho cuando mamá me contó que había muerto y con el correr de los años me fue dando detalles, pasándome algún que otro recorte de diario, pero siempre sin imágenes. Probablemente, yo haría lo mismo con un chico chiquito, sé que entonces pataleé mucho porque quería ver cómo había sido el fin de mi padre, pero una colisión frontal a tal velocidad debe ser una imagen muy desagradable, el auto vuelto un montón de hierros retorcidos y quizás llameantes, además parece que mi viejo no tenía el cinturón puesto así que mejor ni imaginarme cómo quedó el cuerpo estrellado contra la parrilla del camión (animal muerto a la parrilla, ¿cómo es que yo sí puedo comer asados?), parece que el camionero tampoco llevaba el cinturón porque su cadáver yacía tendido a unos 50 metros de los restos de los vehículos, seguramente el lugar era un mar de sangre y los dos cuerpos completamente desfigurados, ¿quién en su sano juicio mostraría esas imágenes a un niño? Pero el padre de Paula se había salvado, él sí tenía el cinturón puesto y el airbag le salvó la cara, sólo sufrió algunos cortes menores, un par de huesos rotos y la destrucción total de su amado 323. Afortunado el tipo, parece que no solía usar el cinturón de seguridad pero las campañas de Luchemos por la vida habían prendido en su familia que lo obligó a adoptar la costumbre (sorprendentemente, las campañas ésas han tenido alguna otra utilidad más que el que yo recuerde que todas tomamos, pero Paula... iba manejando...).

5.5.09

¿Deberíamos tener aunque sea una digna despedida? Nunca fuimos presentados. Irrumpimos cada uno en la vida del otro en distintas circunstancias, distintos tiempos. Y de a poco vamos desapareciendo. Perdura la memoria, la reminescencia de eso que alguna vez conocimos, como el aroma de una taza de café vacía o el último plano cuando la película ya terminó. Una despedida, el último parágrafo del capítulo, el último capítulo de la obra. Un epílogo, más bien, esta improbable despedida tardía. Yo ya no tengo más nada para decir. Tengo heridas que no van a ser curadas por palabras, mías o tuyas, porque todas las palabras son del viento, cuando no del lenguaje o la tradición. Esto no va a ser una despedida, ni un epílogo. Nada de eso. Esto es, la crítica, los interrogantes que se plantean al cerrar el libro, las posibles resoluciones, reflexiones, sentencias sobre aquello que ya fue escrito. Darle sentido, insertarlo en el mundo, hacerlo hablar. Como yo nunca pude hacer que vos hablaras, como yo nunca supe hablar.
Mis palabras son del viento. ¿No dije ya, no te creas mis palabras? Mi discurso es pura potencia, pura posibilidad; nada de lo que yo diga es. ¿No era que el hombre se define por lo que hace? Pero vos sos mujer, y te encanta verme prendido del discurso amoroso. No, no es una cuestión de género. No para mí. Para mí es ese aroma, ese dejo amargo cada vez que actualizo, por ejemplo, la imagen de esa noche, me estaba yendo de tu casa y, en medio de la duda, decidí optar por un abrazo tibio y silencioso. Quizás tendría que haber hablado. Quizás tendría que haber considerado la posibilidad de que el verbo fuese carne, que la articulación lingüística podía dar lugar a algo. A fin de cuentas, y mucho tiempo después, parece que me creíste cuando dije que iba a estar todo bien, que no era demasiado grave que no nos viéramos por un tiempo, a pesar de que en mis acciones estaba demostrando todo lo contrario. ¿Vas a volver a creerme?
En el principio era la palabra. Así nos conocimos, con palabras. Intercambiando escritos, manteniendo diálogos cibernéticos. Siempre dentro de lo discursivo. O casi. En algún momento, algo cambió. Y la palabra se hizo cuerpo. En algún abrazo traicionado por mi memoria y recuperado en algún diálogo con vos. En aquel primer beso esa noche de música y alcohol. Pero fue también más, y la palabra se hizo divinidad. Yo adoré tus palabras, todas y cada una de ellas. Te adoré a vos. Me gustaría poder decir que te amé, pero está esa canción que sostiene que el amor, no de a dos, es más difícil, y que suena a cierta flexión, cierta blandura y bondad de carácter, sobre todo si tenemos en cuenta que un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier, etcétera. Acá no hay puentes. Sólo dos caminos que tienen varias intersecciones. Parece que ya hemos pasado la última, y en ningún momento supimos viajar juntos.
A pesar de todo, yo creía en el Amor. Y yo creía que te podía amar, y que te amaba. Ese sentimiento que ardía en mí, la disposición constante y ese precipitarme en acción, para vos, hacia vos, ese fuego que ahora es brasa y amaga con apagarse. ¿Eso es la despedida? ¿Pisotear las brasas y dejar que humeen un poco, antes de que el viento esparza las cenizas y no quede rastro de la combustión? ¿Cómo puede tener algo de dignidad? Acaso sea la despedida un rito fúnebre en el que, por sobre todo, queda una inscripción. La palabra-divinidad, sustrato eterno de la memoria, de la eternidad de mis heridas, de la despedida que nunca vamos a tener. Escribamos, pues, un libro.

2.8.08

Todo empezó aquella tarde de verano. Tenía yo quince años, y mientras fumaba un pucho en la puerta del edificio vi llegar un auto seguido por un camión de mudanza. Del auto bajó una pareja cincuentona, seguida por sus dos hijos: ella una hermosa rubia veinteañera, flaquita, metro sesenta y cinco, una sonrisa inquietante y unos deliciosos ojos color miel, él alrededor del metro setenta y ocho, diecisiete o quizás dieciocho años, pelo corto castaño casi cobrizo, una espalda con largas jornadas de trabajo en el gimnasio, su mirada era azul y profunda, como ese aire de seriedad que transmitía la rectitud de sus labios. El padre, con su bigote ya canoso y una boina salida de otro planeta, se dirigió a los empleados de la mudadora para darle algunas indicaciones, y luego tocó el timbre del encargado del edificio. Las dos mujeres charlaban, luego de encender sendos Virginia Slims. Mientras yo contemplaba con una cierta curiosidad la escena, con la misma seguridad con que bajó del auto, el hijo se acercó a mí. Su voz, tan grave como su mirada, emitió las palabras mágicas: “Me llamo Juan, soy tu vecino del octavo ‘c’”.

10.4.08

Llena de pulsión y de muerte, la vida se abre ante mí. El deseo no es voluntad, una furia intempestiva que surge en mi interior y no atraviesa ningún proceso racional o momento de conciencia. Podría haber sido Jack The Ripper en otra época, pero me he sofisticado: prefiero el goce y la pulcritud de mis puños antes que el frenesí sangriento inspirado por un cuchillo. He aprendido de la historia. Libre de complementos artificiosos, mi cuerpo se eleva por sobre el mundo. Fluyo entre las esferas sociales sin necesidad de apariencias o fingimientos: Yo soy mi imagen. No hay nada para desvelar, no hay una substancia invisible. Sin forma, sin causa, soy el instante que me atraviesa. Desprovisto de memoria, la imposibilidad del recuerdo es la ausencia de una cordura que desarme mi ser. Y ésa es mi victoria: allí donde está la falta, me constituyo entero.

***

No hay contradicción de los términos. No hay otro a mi altura. Escribo estas líneas para nadie. Escribo para mí, para partirme, en busca de ese último reducto de humanidad que quiere fragmentarse en historicidad. Quizás algún día lea, comprenda. Quizás. Quizás exista algún día. Quizás no exista ninguno.

***

Toco el cuerpo, con un dedo toco el cuerpo y lo recorro, descubro un cuerpo sin vida, sin historia. Sus ojos no se fijan en mí. Sus ojos como los míos ven la nada, el abismo después de la muerte. Hay un cuerpo muerto a mi lado. Lo miro, lo pateo. Dejo la habitación. Hay otro cuerpo muerto a mi lado.

***

El cuerpo grita mientras es penetrado. Su vientre recibe mis arremetidas una y otra vez. El cuerpo grita, gime, jadea, grita. Tiembla. Sus piernas caen, sus brazos me rodean. Fin del calentamiento. No salgo de su interior. Mi mano derecha aprisiona su garganta. Con la izquierda torturo sus pezones. El cuerpo gime, grita. Mis puños se alternan para golpear su rostro. Salgo. Entro. Golpeo. Salgo. El cuerpo grita. Me incorporo, tomo al cuerpo por los brazos, llevo su vientre a mi rodilla. El cuerpo cae. El cuerpo gime, solloza, llora, grita. Mi pie derecho golpea una y otra vez su cabeza. Con una mano lo tomo por sus cabellos, lo sostengo de pie contra la pared. Con la otra golpeo: vientre, pecho, rostro. El cuerpo grita. El cuerpo grita. Muevo mi mano hacia abajo, soltando la cabellera. El cuerpo cae. El cuerpo grita. Mi pie golpea su nuca. El cuerpo no grita.

***

Hay un cuerpo muerto a mi lado. Siento el impulso, vuelvo a la vida. Busco otro cuerpo. En la calle todos se me ofrecen. Una y otra vez. Mi imagen compra, yo soy seductor. Todos se me ofrecen: Dios ha muerto. El cuerpo ha muerto.

2.5.07

A F T

Había, entre todas las cartas, una, que llamó tu atención, aunque no sabías quién la había escrito ni por qué, esa una, esa única, carta que llegó sin destinatario y que te miraba, medio tristona, esperando a ser leída, esperando a que la abrieras de una puta vez, y cómo no ibas a hacerlo, cómo no ibas a abrir vos esa carta, tan llamativa que pasaría desapercibida al ojo de cualquier observador medianamente entrenado, esa carta, y vos, el sello de un destino que se abría, las primeras líneas que se desplegaban, que se dirigían a vos sin hablarte, que esquivan tus ojos y tus dedos y lentamente se te meten, por una improbable vibración del tímpano, en el cerebro, que quiere ser pelotudo pero hay veces en que no puede, vuelven las palabras como una música que creíste haber oído alguna vez, la carta se deshacía en tus manos y había, entre todas las noticias de los periódicos, una que llamó tu atención, y creíste recordar aquella función de la Filarmónica, la furia del primer movimiento de la quinta, el allegretto del KV 525, corriste a buscar tus discos, von Karajan o Masur, mejor Karajan con la Berliner, y pusiste el disco y cuando apretaste play te atravesaron como flechazos las cuerdas, y las pelotudeces, y la carta.

11.4.07

( )

Tantas cosas que empiezan como un juego, como agarrar una palabra y darla vuelta, buscar deconstruirla en anagramas, repeticiones, leves mutaciones de un mismo discurso, y de cómo hacer causal la casualidad, y lentamente caer, preso, del discurso enajenado, de la deconstrucción devenida estructura, que no es más que excusa, hasta que, en algún momento, por azar del destino, las cosas cambian, y acaso acaban.
Supongo que te habrá causado gracia, por no decir estupefacción u horror, ver que el mismo pelotudo que había irrumpido en la clase horas antes estaba caminando al lado tuyo, argumentando su teología ego-centrista, negando tu existencia, adjudicándola a un mero capricho de su propia y única voluntad, como cuando una semana después, volviendo a interrumpir la sesión, se apropió de tu color, resignada y grandilocuentemente, porque, en realidad, sólo importaba yo.
Nunca habías sido importante, hasta que decidí que entraras en mi universo, y me quedé mirándote, como un pelotudo, en diagonal, fingiendo interés por la escultura de al lado, hasta que levantabas la vista y me mirabas y entonces yo, como un pelotudo, volvía a mi cuaderno y escribir una línea, después volver a mirarte hasta que me chocaba con tus ojos y entonces otra línea, mi querida princesa helada, una y otra vez repitiendo, hasta que estuvo completo uno de mis peores poemas.
Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez, el día que decidiste hablarme, caerme encima con tu discurso predador, perturbarme infinitamente, aunque se manifestara en maneras pasivas perceptibles sólo para mí, aunque era imposible y entonces sí te dabas cuenta, como cuando notabas mis miradas y quería hacerme el boludo, tu propio juego había empezado, junto con mi casting para el protagónico.
Una noche quedamos los dos solos, aunque en realidad no hubo nadie antes, siempre fuimos nosotros dos, pero esa noche, por primera vez, quedamos los dos solos, libres de nuestros discursos, en silencio, decidimos no hablar y quedarnos sentados, como dos pelotudos, mirándonos, porque en realidad no quería otra cosa, mirarte, en silencio, esperar a que vos hablaras y entonces el juego hubiese sido mío, te hubiese ganado, cosa que no pasó porque vos no dijiste nada, hiciste un leve amague y te fuiste, lo que podría haber sido una derrota pero no fue porque acordamos un empate, porque somos dos pelotudos, pero yo más.
Ya era noche cerrada cuando el juego fue mío por un instante, hasta que me obligaste a cambiar de posición, me embestiste y no pude hacer nada, el juego era tuyo, pura y exclusivamente, y cuando te dije que mi sangre era toda tuya no era tan literal, no quería que te la llevaras, que te apropiaras de mi sangre, mi vida, yo quería jugar, seguir jugando, ganar, pero desgarrado no se puede, desangrándome nunca te iba a poder ganar.
Tantas cosas que empiezan como un juego, y acaso se convierten en otra cosa, en algo distinto, porque entre el principio y el fin hay toda una historia, llena de descubrimientos, una historia que se extiende en el tiempo más allá de lo que cuentan los libros, las cosas siguen, y no acaban.
Sí, pero los días pasaban y ya no sabía vivir de otra manera, una y otra vez repitiendo las mismas palabras, generando una obsesión, esperando encontrar algo, in-forme, in-definido, porque en realidad todo lo que quería era retomar donde habíamos dejado, seguir jugando, lo sabés muy bien, soy un mal perdedor y no quería aceptar que me habías ganado.
Mucho después, en algún momento, volví a quedarme sin palabras, volví a encontrar el fin de mi discurso y resigné toda posibilidad de jugar, de ganar, y entonces sí, encontré, algo distinto, algo que no es historia porque es sonrisa, es sentimiento, y, ya sé, ¿pero qué otra cosa querías que te dijera? ¿Qué otro mensaje podría tener sentido ahora? De algún modo tenía que decirle adiós al juego, y seguir hablando. Algo tenía que dejarte antes de volver a jugar en otros lados, y, más sentido que nunca: te quiero.

20.3.07

Mariana

Cinco años. No cambió nada. Villa del Parque sigue igual, con las mismas casas, los mismos negocios. La misma gente, también. El café me lo trajo el mozo de siempre. Y está quemado, como es habitual. Seguro que no te resulta sorprendente. Tampoco novedoso. Seguramente estuviste sentada varias veces en esta mesa durante los últimos cinco años. Pero yo no. Tenía quince la última vez que vine. Ahora veinte. Y me sorprende. No cambió nada. Cinco años, y Villa del Parque sigue igual. Es como viajar en el tiempo.
A los quince años las cosas no se piensan. Uno se transformó de alguna manera en una máquina de libido, y no hay sublimación deportiva ni artística que alcance. A los quince, lo único que se puede hacer es seguir el ritmo de las hormonas. Yo tenía quince años, y a vos te faltaban un par de meses. Hablábamos, hablábamos mucho, pero las palabras estaban por completo vacías: la atención estaba puesta en el lenguaje de las miradas, los gestos, alguna sonrisa medio escondida, y la infalible mordida de labio, cada vez que alabábamos algún cuadro o alguna canción queríamos en realidad decir “qué ganas de cogerte que tengo”. Y después, por fin, venía la descarga: un beso, y otro, y la cama que nos estaba esperando. Un sexo salvaje, casi animal. Pura pasión por la carne. Puro instinto. Cogíamos. Nunca hicimos el amor. Mucho soma y nada de psyché. Y así estábamos bien.
Un día cumpliste quince, y te ofendiste porque me demoré en una reunión con mis amigos y llegué demasiado tarde a tu encuentro. Vos no estabas, y yo me lamentaba el haber partido antes de que llegara el asado. Estaba muerto de hambre, y me fui con la carne en la parrilla. Tampoco tuve tu carne esa noche, pero por suerte encontré un Gold Label cuando llegué a mi casa. Ni se me ocurrió llamarte. Al día siguiente hablamos. Y cogimos. Nada de psyché, pero además de eso, muy poco soma. Yo estaba fumando, y a vos se te ensombreció la cara. Seguías ofendida. Me fui. En mi casa todavía quedaba un poco de whisky. Ni se me ocurrió llamarte.
Tenías quince años, y yo iba a cumplir dieciséis. Nunca volvimos a hablar. Me crucé un par de veces con tu hermana. Tomamos algunas cervezas recordando viejas borracheras. Me dijo algo de vos, que ya ni me acuerdo. No me importaba. Acordamos volver a vernos, pero nunca llamé. No me acordaba el teléfono. Quizás, nunca lo supe.
Tenías catorce, con tus piernas largas y perfectas en primer plano. Sonreías. Ya ni me acordaba de que tenía esa foto. La encontré ayer. Y recordé todo. Recuerdo. Una sensación extraña. Esa noche salí con Cecilia. Un sexo salvaje, casi animal. Yo no paraba de gritar tu nombre.