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18.3.10

[fr.] IV

Yo tenía un solo casco por aquel entonces, y obviamente lo cedí a mi acompañante. Nosotros charlábamos y la moto iba, sin un rumbo fijo, hasta llegar a una estación de servicio de ésas que parecen tener attachado el patio de comidas de un shopping. Por cinco dólares o un poco más, submarino y café doble. Se llamaba Inés y sonreía como ninguna. Su expresión cambiaba en cuestión de segundos, llevaba la cara por espejo del ánimo, del alma, en el brillo de sus ojos evidenciaba su pasión para vivir la vida, el amor y el enojo y la alegría por el chocolate, nos perdíamos los dos en la conversación llenos de interés por el otro, me atrapaba el cuerpo entero contándome la historia de su vida, se sumergía ella en mí cuando le hablaba del desarraigo y mis épocas parisinas. Ocurre que por el trabajo de mi segundo padre, diplomático él, desde los nueve hasta los doce años estuve viviendo en la capital de la France, y cuando volví obviamente ya no era el mismo. En el secundario me enseñaron que eso era el “viaje del héroe”, como Hércules u Odiseo, después alguien hablaría de los ritos iniciáticos y el Bar Mitzvah, el el único problema era que yo no tenía ni medio pelo de héroe, mucho menos de judío adulto, por lo que el significado del viaje cobró sentido recién cuando un fulano pisco-analista me habló del lado de acá y el de allá, tener dos orillas y perderse en el medio del océano tempestuoso, naufragar a la deriva sin conocer ni origen ni destino, yo tenía 15 años y entraba en crisis porque no sabía si yo era yo o el otro yo o, por qué no, Irene, como aquel profesor que hablaba de su novia María “que puede ser Carlos”. Ine estaba saliendo de Olivos por primera vez, acababa de empezar el primer año de su licenciatura en Letras y por ello se había mudado a un pequeño depto en Caballito, un dos ambientes con cocina que podés venir si querés, es medio un quilombo pero no como para asustar, y entonces dejamos las tazas vacías y de vuelta a la moto, yo tenía ganas de dar unas vueltas y ella dijo que no le molestaba, llovía y hacía frío pero no para nosotros, en vez del camino obvio por Independencia seguí por el bajo y de pronto estuvimos en su Olivos natal, doblamos en Corrientes para ver la casa de sus padres y volvimos por Maipú, un tramo de General paz y salimos por Urquiza, Triunvirato derecho se hace Corrientes y Drago y el parque, al final salimos a Acoyte y en algún momento llegamos, mucho menos caótico de lo que imaginaba, apenas algo de ropa desparramada sobre la cama y una tarta a medio comer en la cocina, además de los pelos de gato por doquier a los que por suerte no soy alérgico, sí a las abejas y berenjenas y personas mayores de cincuenta (gran excusa para no visitar a mi madre, por cierto), pero allí donde estaba era Inés y todo me invitaba a sentirlo hogar con todas y cada una de sus letras. Después de juntar la ropa y meterla en un bolso (en sus visitas dominicales la llevaba a casa de sus padres para ser lavada, me explicó) ella se sentó sobre la cama y me invitó a acompañarla. Se estiró hasta la mesita de luz, dio play a un discman que tenía conectado a unos parlantes, agarró un cenicero y encendió un Marlboro. Sonaba Angelene, presumiblemente a esta mujer le gustaba PJ Harvey y lo que escuchábamos se trataba de Is this desire?, para ese momento la conversación era ya mucho más pausada porque los dos nos perdíamos entre la música, después del cigarrillo el cenicero volvió a su ubicación original y me surgió besarla, un beso chiquito pero cálido y bienvenido, nos separamos y si no era felicidad lo que se le veía en esa sonrisa entonces no sé qué, mientras yo me dejaba caer mi espalda sobre la cama ella me abrazó de costado y besó mi mejilla justo antes de que nuestros torsos dieran contra las sábanas. No sé cuánto tiempo estuvimos en esa posición. Eventualmente, nos quedamos dormidos y cuando desperté el disco ya había terminado. Abrí los ojos y giré levemente la cabeza para verla dormir, su respiración contra mi hombro, todavía grabada en su cara la sonrisa. No me atreví a moverme, no quería despertarla. Volví a cerrar los ojos, volví a dormir.

10.12.09

[fr]. II

Hasta ese momento sólo había visto el jardín y la cocina, pero el resto de la casa me era aún desconocido. Debo decir que merece un párrafo aparte. La construcción databa probablemente de la década del 30 o del 40, pero había sido severamente refaccionada. El ancho del terreno andaría entre los 8 y 10 metros, habíamos entrado por lo que originalmente era la puerta al típico pasillo de las casas chorizo, ahora única puerta de acceso peatonal; aunque el frente de la fachada había sido alterado para construir una cochera, permanecía completamente armónico. Evidentemente, la tarea había sido encargada a un arquitecto con buen ojo. La cochera tenía una salida al pasillo, por la que entramos para encontrarnos con un reluciente New Beetle, propiedad de los hermanos, aunque sólo lo usaba Mauro porque a Paula le aterraba el tránsito porteño. Se lo habían regalado los padres cuando ella sacó el registro, antes de eso la cochera había estado vacía durante años porque la madre nunca manejó y el viejo (así llamaba Paula a su sexagenario progenitor) había decidido no hacerlo más después de un accidente que tuvo a mediados de los noventa y que por poco le cuesta la vida. Extraña coincidencia ésa, mi viejo murió cuando yo tenía 5 y él volvía de un viaje de negocios en Rosario, aparentemente manejaba a más de 150 kilómetros por hora y no pudo esquivar a un camión que venía en dirección opuesta y se cruzó de carril por vaya uno a saber qué motivo. Es aún al día de hoy que no he visto ninguna foto del accidente, lo lloré mucho cuando mamá me contó que había muerto y con el correr de los años me fue dando detalles, pasándome algún que otro recorte de diario, pero siempre sin imágenes. Probablemente, yo haría lo mismo con un chico chiquito, sé que entonces pataleé mucho porque quería ver cómo había sido el fin de mi padre, pero una colisión frontal a tal velocidad debe ser una imagen muy desagradable, el auto vuelto un montón de hierros retorcidos y quizás llameantes, además parece que mi viejo no tenía el cinturón puesto así que mejor ni imaginarme cómo quedó el cuerpo estrellado contra la parrilla del camión (animal muerto a la parrilla, ¿cómo es que yo sí puedo comer asados?), parece que el camionero tampoco llevaba el cinturón porque su cadáver yacía tendido a unos 50 metros de los restos de los vehículos, seguramente el lugar era un mar de sangre y los dos cuerpos completamente desfigurados, ¿quién en su sano juicio mostraría esas imágenes a un niño? Pero el padre de Paula se había salvado, él sí tenía el cinturón puesto y el airbag le salvó la cara, sólo sufrió algunos cortes menores, un par de huesos rotos y la destrucción total de su amado 323. Afortunado el tipo, parece que no solía usar el cinturón de seguridad pero las campañas de Luchemos por la vida habían prendido en su familia que lo obligó a adoptar la costumbre (sorprendentemente, las campañas ésas han tenido alguna otra utilidad más que el que yo recuerde que todas tomamos, pero Paula... iba manejando...).