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23.5.11

A merced

Primera imagen:
desde el cielo rompe el alba
entre nubarrones el resplandor
un fuego ardiente abriéndose camino
inunda el alma con su candor.

Complemento:
en el valle en el bosque
entre los pinos bajo el sol
floreciente y refrescante
despierta la primavera.

***

Dos:
perturba el orden la furia de Neptuno
de la calma de la tarde me sacude la tempestad:
me congela el pánico
se detiene el mundo
y ya no es
ni día,
ni noche.

***

Diez:
la felicidad está en la permanencia:
durante todo el año poder despertar
tras el apacible sueño de una noche clara
con la brisa fresca de un amanecer veraniego.

También, X:
el eterno retorno
en el cuerpo de una sonrisa
y la calidez del hogar.

***

93:
no hacen falta puentes
tras el temblor en la falla:
dos islas son ahora
una, y la misma.

***

Contexto:
El cuadro está completo:
en sus partes la armonía
de los detalles y sus agregados;
el conjunto indivisible
es bueno, bello, perfecto.
Debajo estoy yo
espectador
en creativa contemplación
reavivando fantasmas
desintegrando el miedo:
el alma se regocija
porque esta noche
vuelve a latir el corazón.

***

Síntesis:
Dedicarte un poema,
escribirte una canción:
tratar de llevar a palabras
a unos breves trazos de tinta
las aguasfuertes inextricables
el sentir tras la impresión.

2.10.10

Una noche con Mariana

Las cosas podrían haber sido distintas esa noche. En vez de quedarme con Paula, podría haber optado por alguna de las otras. En realidad por la otra, porque Chernobyl había quedado descartada de plano después de mi comentario sobre su desconocimiento de Buenos Aires. En efecto, mientras yo hablaba con una tuve varias veces la oportunidad de intercambiar miradas con la otra, que cada tanto aportaba algo en nuestra conversación, acaso como si estuvieran disputándose la presa con su amiga. Tendría que haber hecho algo, quizás, pero adopté una actitud absolutamente pasiva, concluyente en que me dejara llevar por la que había marcado territorio en primer lugar. Ahora es tarde. No puedo cambiar los hechos pasados. Pero puedo recordar una versión posible, alternativa.

En algún momento Paula se levantó para ir al baño y yo giré hacia el otro sector de la mesa. La rubia seguía mirándome con cara de pocos amigos, pero Mariana, en cambio, volvió a sonreírme al tiempo en que empezaba a tantear el terreno. Fue demasiado para la Chernobyl, que también se levantó en dirección a los sanitarios. Su amiga aprovechó la ocasión y dijo sentirse un poco mareada, entre el humo y la música y el alcohol la cabeza no me da más, necesito un poco de aire... ¿me acompañás afuera? Miré hacia los costados: no había moros (ni Paulas) en la costa. Me levanté de la silla y le extendí la mano, ella la tomó con la suya y así, estrechándolas bien fuerte, nos encaminamos hacia la puerta y la calle.

Aproveché la luz para mirarla mejor: era un poco más alta que yo, de sonrisa amplia y cabellos tan oscuros como sus ojos, clavados en mí y capturándome en la profundidad de su mirada. Solté su mano para rodearla por la cintura y empezar a caminar sin un rumbo definido. Ella me seguía, se dejaba llevar sin la más mínima resistencia. Desde que habíamos pisado la vereda ninguno había vuelto a hablar, íbamos en silencio, en movimientos acompasados y lentos, pensando en nada, hasta que nos interrumpió un estruendo de Bizarre love triangle desde el fondo de su cartera. Ella sacó el aparatejo ése del demonio, le echó un vistazo, y lo volvió a guardar, no sin antes apagarlo. Yo la miré extrañado. Ella se largó a reír, y empezó a argumentar que la pesada de Paula me llama por cualquier boludez, que no joda. ¿Resultaste un poco garca, Mariana, o me parece a mí? En ese entonces, no me importó. Reí yo también, y ¿querías aire vos? Tengo la moto en la otra cuadra, vamos a dar una vuelta.

Seguimos caminando en medio de una animada charla hasta dar con la Yamaha, entonces me puse de frente a ella y, diciendo alguna estupidez relativa al priorizar la seguridad, tomé el casco con ambas manos y lo llevé sobre su cabeza, Mariana alzó los brazos y sus dedos pasaron por mis dedos y después al casco, mis manos se deslizaban hacia atrás y hacia abajo, por su nuca y el cuello, lentamente de vuelta hacia adelante y entonces entre mis dedos se encontraba su barbilla frágil e impoluta, más arriba sus labios cada vez más cerca de los míos hasta encontrarse y el beso, consecuencia obvia y natural del proceso de seducción que ella había iniciado, de ese fuego que ardía en mí en espera de un momento y un objeto para ser liberado. Sin generar el más mínimo disturbio ella depositó el casco sobre la moto y juntó sus manos entre mi pelo, con delicadeza en un primer momento y después cada vez más fuerte, aumentando en proporción con la intensidad que se jugaba entre nuestras bocas y los cuerpos, apenas separados por esas capas de ropa que se disolvían en el sentir, mis manos iban descubriendo lentamente sus curvas mientras las suyas comenzaban a bajar por mi espalda y mi pecho, las piernas de los dos entrelazadas y no sé cuánto tiempo estuvimos así, quizás sólo unos segundos, quizás horas, pero de cualquier manera, y por fuera del absurdo de linealizar y objetivar la experiencia, fue poco y mucho, el tiempo justo y necesario para hacer del momento la perfección. Finalmente abordamos la moto y enfilamos para el sur. Bordeando la playa llegamos hasta los acantilados, donde nos detuvimos un rato para ver las olas romper contra las piedras y continuar con el ritual besístico bajo la luz de la luna.

El frío y el viento pudieron más que nosotros, por lo que pocos minutos después terminamos volviendo a la ruta. Yo iba de vuelta hacia el centro, aunque sin un destino demasiado claro, hasta que en algún momento me dejé llevar por las instrucciones con que ella me iba acariciando el oído. No sabía a dónde estábamos yendo y tampoco me importaba, de modo que ni pregunté, yo escuchaba y seguía hasta que listo, pará por acá... llegamos. Un minuto más tarde estábamos entrando en un edificio, y otro después en su cama. Un sexo apasionado, fuerte, salvaje... y truncado: en algún momento, en medio del éxtasis, se me escapó, sin que me percatara de ello, un apelativo. Ella se detuvo abruptamente y ¿qué dijiste? Yo la miré extrañado, sin saber qué contestar, sin saber siquiera qué había hecho. Boludo, ¿“Pau” me dijiste? Y ahí entendí todo. Las cosas no podrían haber sido de otra manera.

15.6.09

¿Qué hacer cuando se acaban las certezas? ¿Qué cuando las creencias caen, una a una, hasta que ya nada queda en pie? Tiembla el mundo, y rompo en llanto. ¿A qué predicarle el ser? En el discurso de lo contingente nada es estable, nada donde hacer pie y comenzar a avanzar. ¿Es éste el límite? ¿No poder conocer redunda en no poder hacer? Eppur, si muove. El movimiento existe, a pesar de Zenón. El movimiento está, yo lo veo, ahí. ¿Y qué es lo que permanece? El río es y no es el mismo. Su esencia, el fluir, cambiar permanentemente, no ser. ¿Cómo hablar, cómo decir algo de él? Y sin embargo, hablamos, nos movemos, decimos que somos, que las cosas son. Las cosas fueron, en movimiento, yendo sin rumbo. ¿Existieron? Caídas las estructuras, no hay humanismo posible. Todo es caos, se mueve sin dirección, arrastrado por la corriente. Fumarse un porro y evitar todo posible intento de acción. Trasladar la determinación y la responsabilidad a una infinidad de circunstancias ajenas e incognoscibles, incontrolables. ¿Existe la voluntad? ¿Existen estos seres grises, a la deriva, perdidos? La sonrisa vacía de un sujeto ausente, ése que no puede decir ni hacer pero se mueve, como se movieron las cosas hasta su desaparición, su disolución en ese otro universo al que no podemos acceder, no todavía. Allá el mundo de los muertos, acá yo. Inmóvil, perdido. Perdiendo. El cigarrillo fue humo antes de diluirse. Todavía puedo saborearlo, a ese objeto ausente-inexistente. Como Ella, en mi boca antes de desaparecer.

5.5.09

¿Deberíamos tener aunque sea una digna despedida? Nunca fuimos presentados. Irrumpimos cada uno en la vida del otro en distintas circunstancias, distintos tiempos. Y de a poco vamos desapareciendo. Perdura la memoria, la reminescencia de eso que alguna vez conocimos, como el aroma de una taza de café vacía o el último plano cuando la película ya terminó. Una despedida, el último parágrafo del capítulo, el último capítulo de la obra. Un epílogo, más bien, esta improbable despedida tardía. Yo ya no tengo más nada para decir. Tengo heridas que no van a ser curadas por palabras, mías o tuyas, porque todas las palabras son del viento, cuando no del lenguaje o la tradición. Esto no va a ser una despedida, ni un epílogo. Nada de eso. Esto es, la crítica, los interrogantes que se plantean al cerrar el libro, las posibles resoluciones, reflexiones, sentencias sobre aquello que ya fue escrito. Darle sentido, insertarlo en el mundo, hacerlo hablar. Como yo nunca pude hacer que vos hablaras, como yo nunca supe hablar.
Mis palabras son del viento. ¿No dije ya, no te creas mis palabras? Mi discurso es pura potencia, pura posibilidad; nada de lo que yo diga es. ¿No era que el hombre se define por lo que hace? Pero vos sos mujer, y te encanta verme prendido del discurso amoroso. No, no es una cuestión de género. No para mí. Para mí es ese aroma, ese dejo amargo cada vez que actualizo, por ejemplo, la imagen de esa noche, me estaba yendo de tu casa y, en medio de la duda, decidí optar por un abrazo tibio y silencioso. Quizás tendría que haber hablado. Quizás tendría que haber considerado la posibilidad de que el verbo fuese carne, que la articulación lingüística podía dar lugar a algo. A fin de cuentas, y mucho tiempo después, parece que me creíste cuando dije que iba a estar todo bien, que no era demasiado grave que no nos viéramos por un tiempo, a pesar de que en mis acciones estaba demostrando todo lo contrario. ¿Vas a volver a creerme?
En el principio era la palabra. Así nos conocimos, con palabras. Intercambiando escritos, manteniendo diálogos cibernéticos. Siempre dentro de lo discursivo. O casi. En algún momento, algo cambió. Y la palabra se hizo cuerpo. En algún abrazo traicionado por mi memoria y recuperado en algún diálogo con vos. En aquel primer beso esa noche de música y alcohol. Pero fue también más, y la palabra se hizo divinidad. Yo adoré tus palabras, todas y cada una de ellas. Te adoré a vos. Me gustaría poder decir que te amé, pero está esa canción que sostiene que el amor, no de a dos, es más difícil, y que suena a cierta flexión, cierta blandura y bondad de carácter, sobre todo si tenemos en cuenta que un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier, etcétera. Acá no hay puentes. Sólo dos caminos que tienen varias intersecciones. Parece que ya hemos pasado la última, y en ningún momento supimos viajar juntos.
A pesar de todo, yo creía en el Amor. Y yo creía que te podía amar, y que te amaba. Ese sentimiento que ardía en mí, la disposición constante y ese precipitarme en acción, para vos, hacia vos, ese fuego que ahora es brasa y amaga con apagarse. ¿Eso es la despedida? ¿Pisotear las brasas y dejar que humeen un poco, antes de que el viento esparza las cenizas y no quede rastro de la combustión? ¿Cómo puede tener algo de dignidad? Acaso sea la despedida un rito fúnebre en el que, por sobre todo, queda una inscripción. La palabra-divinidad, sustrato eterno de la memoria, de la eternidad de mis heridas, de la despedida que nunca vamos a tener. Escribamos, pues, un libro.

2.8.08

Praeiudica Puannorum

Las chicas de Letras son todas putas; también: los chicos de Letras son todos putos: conclusión: la carrera de Letras es un puterío.

Claro, como si hubiera descubierto la pólvora. Tanto putas como putos se definen por su promiscuidad, por estar todo el tiempo on fire. ¿Y para qué sirve la literatura sino para incendiar…? Ellos se juntan y Panesi los cría. Después se sacan los ojos cual si fueran aves de rapiña y les agarran las ínfulas de no sé qué cuando algún pelotudo viene a decir ¡ay, Harry Potter es buenísimo! Entonces saltamos todos los putos a bardear a la industria cultural, al carácter cristiano y racista del mundo mágico, al garca de Harry que se garcha a la hermana del mejor amigo. Claro, nunca faltan las putas huecas que quieren defender al gil de Harry porque les reee caben las varitas mágicas. Tampoco nunca va a faltar el puto posmoderno que venga a decir que Harry Potter no existe, que es un arcaísmo residual destinado a los grandes mercados, incapaz de formar parte de la actualidad post-literaria. Y si eso no es un puterío…

En fin, no desentona con el medio. En la patria peronista nos podemos dar el lujo de tener como rector de la más alta casa de estudios a un gordito que vocifera que la política se siente, no se razona. A juzgar por semejante declaración de lucidez, debió haber sido puta en otra vida. Como las huecas de Letras, como los esquizofrénicos peronistas de izquierda. Dejáte de joder, hermano. ¿Pasaron más de sesenta años y siguen pensando que la conservación del capitalismo puede ser de izquierda? Perón, Evita, la patria socialista. Más claro, imposible. Y los tenemos en la Universidad, a estos tipos que creen en un movimiento cuyo mito fundante es la llegada de un mesías vestido de milico. De acuerdo, se salvan de la crítica frankfurtiana a la fe racionalista, pero… ¿de qué manera? Parecen no haber pasado por Descartes, ni siquiera por Platón. Claro, deben haber estudiado en Anillaco, leyendo a Sócrates.

Todos putas, y yo emputeciéndome en ese medio. “Putas, putas, putas… llevándome a la perdición”, declara un gran pensador contemporáneo[1]. Aunque, claro, yo soy uno más, no sé de qué me quejo. “Si ya pintó el bajón”… y bue, “vámonos de putas”. Por suerte, las de Puán 480 no cobran casi nada. Lástima que hay que escuchar cada pelotudez…





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[1] VILLANO, Niko (2000), “Putas”, en VILLANOS, No disparen.

8.5.08

Un día me desperté pasadas las 10 de la mañana y al rato me encontré con un mensaje que, en alguna parte, decía “y vos, a pesar de todo, seguís siendo un chico de la retórica, un retoric-boy que maneja muy bien los monólogos”. Decía otras cosas, también, pero a la larga lo que quedó fue eso. Porque, en el fondo, no era más que una retoric-girl contestándome en un diálogo de sordos. Porque, en el fondo, es eso. Una era mediatizada en donde el verbo ya no es carne, donde la palabra es una imagen que se lee en una pantalla o un papel, y donde ya no quedan dudas de que la relación entre dos cuerpos está mediada por un vacío que sólo atraviesan unas cuantas ondas electromagnéticas y un simbolismo imaginario. Allí a donde llegan las palabras Eros no es más que una ilusión, donde el amor concebible no es el amor posible. El sujeto enamorado no existe: sólo hay un cuerpo pathológico y un yo esquizofrénico. ¿La alternativa? Ser un retoric-boy.

Entonces soy eso.

Un sofista cualquiera, un discurso verdadero y vacío, tautológico, casi axiomático (un sofista berreta, también: encima de todo, mi discurso es inútil). Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo, todo es del olvido en ese devenir constante que carece de historicidad y llamamos “ahora”. Todo es un juego, una suerte de make-believe, mientras que en mí no hay más que un poco de frío, un sueño no soñado por alguien. Me llamo tanto William Shakespeare como Jorge Luis Borges, o George W. Bush, o Pelotudo. Soy mucho y nadie: un retoric-boy, un ente imposibilitado de ser, de conocer, de transmitir; un creador de la nada: un escritor.

13.1.08

No lo aguanto más. No lo aguanto, pero no lo puedo evitar. Ese impulso maldito que me surge, inagotable, que no es más que el irrefrenable deseo de ultrajar su blancura, violentarla, violar su virginidad con cualquier elemento que inscriba mi marca en ella, sentir cómo se resiste a mis ataques, pero sentir también su roce sensual en mis manos, sentir que de a poco comienza a dejarme obrar, el momento en que deja de ser una violación porque ella inicia su goce, y entonces mi mano se vuelve sensual, estimulante, la va llenando de a poco, presionando cada vez más, de modo de poder escuchar su murmullo producto de ese dolor placentero que con mi instrumento le ejerzo, y es ahí donde soy escritor y soy hombre, donde el falo es absolutamente mío para utilizarlo contra la hoja que se entrega, y claro que es una relación sensual y una relación sexual, en la que desde mi mano todo mi cuerpo es sexo y la posee, infinita y crecientemente, en cada palabra, tachadura o garabato, en cada violenta arremetida conra su cuerpo desvirgado, en cada suavidad de caricia que mis dedos le imprimen, y nos vamos elevando, ella cada vez más llena, yo vaciándome en una eyaculación de esto que ya fue escrito, hace mucho, de esto que alguna vez leí y ahora me desprendo, dejo por siempre grabado en el cuerpo de la hoja que nunca más podrá ser virgen e inocente, me quedo yo con su inocencia, la uso para confesarme y quedar libre de pecado, blanquear mi conciencia, para que queden olvidadas todas mis lecturas y mis escritos, vuelvo a ser niño, virgen e inocente, asexuado, justo allí donde la hoja alcanza su pequeña gran muerte, cuando se llena y acaba, cuando ya no me queda más por escribir.

9.1.08

Quiero decirte algo, y no sé qué. Quiero, verdaderamente quiero, porque a cada instante de silencio se eterniza tu dolor y el mío, cada vistazo a tus ojos llorosos es en los míos una lágrima, que es el cuerpo y el alma que juntos se van, porque no nos movemos ni decimos ni gritamos y
te fuiste. Con el corazón roto, te fuiste. Al final tenía razón Freud: el tren aleja a mi amigo, y el celular te trae a este pelotudo que te caga la noche. Y lo peor es que el pelotudo no tiene la culpa, es hombre y celoso y pelotudo, como somos todos, y quién no se preocuparía si su novia fueras vos, mujer bellísima y aún más inteligente, sociable, sonriente, bien dispuesta, y resulta que te vas a mil kilómetros de distancia, a rodearte de vaya uno a saber quién y en una de ésas quién te dice que
No lo cagás. Es una obviedad eso. No se lastima a quien se quiere, y vos lo amás, más que a nadie ni nada, más que a todo, lo amás. Lo amás, como nadie nunca amó, aunque todos seamos humanos y podamos enamorarnos y amar, en el fondo, sabés que nunca nadie amó como vos, nunca nadie amó tanto, y
¿qué te puedo decir? ¿Qué te podría haber dicho cuando todavía estabas? ¿Qué te importa a vos si es hombre, celoso o pelotudo? ¿Qué te importa a vos más que el aparatito de mierda que transforma el amor en una escenita pelotuda y un quiebre y la tristeza y desolación? Qué me importa a mí, si no hay nada que pueda decirte, nada que pueda hacerse entender, si ésta es una historia de sentimientos y para sentir hace falta la presencia, y vos te fuiste y yo estoy solo con mis cigarrillos.

9.3.07

...

Hoy es tu cumpleaños. Pasó mucho tiempo ya. Y no sé qué decirte. Sé que te estoy aburriendo con mis palabras, para no perder la costumbre; sé que no te importa que yo me acuerde porque vos también tenés en algún lugar de tu cabeza esas historias; sé que no debería estar escribiendo esto, que vos estás comprometida y yo no soy más que un recuerdo: latente, vivo, que todavía sangra y todavía desgarra, porque sabés que te amo y, aunque ya no lo grite, me seguís escuchando.

12.5.06

En defensa del suicida

Suicidarse es algo tedioso. Parece sencillo, siempre dicen que son los débiles o los cobardes quienes se suicidan. Pero no. Es una tarea extremadamente complicada, realizable por sólo aquellos que disponen de un gran coraje.
Generalmente, a la hora de tomar una decisión de cierta relevancia, las personas tenemos la tendencia a consultar con algún pariente, algún amigo, algún profesional: pedimos opiniones, las comparamos, las contrastamos, y luego decidimos. Está más que claro que un suicida no va por la vida preguntándole a la gente "¿le parece bien que me mate?" o "¿cuál cree usted que es la forma más correcta de suicidarse?". No, claro que no lo hace. Los "suicidas" que hacen eso son unos cobardes y terminan siempre escapando a la muerte, ayudados por alguna droga, algún amigo o algún hospicio; un verdadero suicida, en cambio, transita en completa soledad el recorrido. Luego de tomada la decisión de matarse, el suicida debe superar otra prueba: debe suicidarse solo, sin ayuda de nadie (bien sabido es que el suicidio asistido no es otra cosa que un homicidio encubierto).
Recapitulando: tenemos a un solitario suicida encerrado en un cuarto, que además de no haber podido realizar consultas al momento de decidir suicidarse tampoco está acompañado ahora para quitarse la vida: llegó solo hasta aquí, y solo seguirá su camino hacia la muerte: tenemos al suicida una vez más demostrándonos su valor, no en su determinación y capacidad de actuar solitariamente, sino al matarse: el suicida efectivamente muere, lo que significa que, además de tomar una importantísima decisión y obrar sin la ayuda de nadie, lo hace bien, cumple con su objetivo: el suicida ya está muerto y ha demostrado ser un hombre fuerte y valiente al que ni siquiera la muerte pudo hacer recular.

Aquellos "suicidas" que no cumplieron correctamente con el último paso, esos sí, son unos cobardes.