Mostrando las entradas con la etiqueta tríptico. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta tríptico. Mostrar todas las entradas

6.7.07

Vor dem Liebe

A mí también me duele
abrir los ojos y no ver
la gente en las calles
tu cara en el espejo
saber que no hay nada más allá
nada para mí
nada para vos
nada para vos porque
de a poquito
fui avanzando
me fui metiendo en tu vida
y te deshice
los versos más bellos
las figuritas repetidas
el final que no acaba porque todo empieza
otra vez
en la imagen
Ella
la princesa helada
la chica más linda del mundo
Ella
una y otra vez
en versos pelotudos
en fotos que no existen
la deshice
Ella
ya no está.

2.5.07

A F T

Había, entre todas las cartas, una, que llamó tu atención, aunque no sabías quién la había escrito ni por qué, esa una, esa única, carta que llegó sin destinatario y que te miraba, medio tristona, esperando a ser leída, esperando a que la abrieras de una puta vez, y cómo no ibas a hacerlo, cómo no ibas a abrir vos esa carta, tan llamativa que pasaría desapercibida al ojo de cualquier observador medianamente entrenado, esa carta, y vos, el sello de un destino que se abría, las primeras líneas que se desplegaban, que se dirigían a vos sin hablarte, que esquivan tus ojos y tus dedos y lentamente se te meten, por una improbable vibración del tímpano, en el cerebro, que quiere ser pelotudo pero hay veces en que no puede, vuelven las palabras como una música que creíste haber oído alguna vez, la carta se deshacía en tus manos y había, entre todas las noticias de los periódicos, una que llamó tu atención, y creíste recordar aquella función de la Filarmónica, la furia del primer movimiento de la quinta, el allegretto del KV 525, corriste a buscar tus discos, von Karajan o Masur, mejor Karajan con la Berliner, y pusiste el disco y cuando apretaste play te atravesaron como flechazos las cuerdas, y las pelotudeces, y la carta.

11.4.07

( )

Tantas cosas que empiezan como un juego, como agarrar una palabra y darla vuelta, buscar deconstruirla en anagramas, repeticiones, leves mutaciones de un mismo discurso, y de cómo hacer causal la casualidad, y lentamente caer, preso, del discurso enajenado, de la deconstrucción devenida estructura, que no es más que excusa, hasta que, en algún momento, por azar del destino, las cosas cambian, y acaso acaban.
Supongo que te habrá causado gracia, por no decir estupefacción u horror, ver que el mismo pelotudo que había irrumpido en la clase horas antes estaba caminando al lado tuyo, argumentando su teología ego-centrista, negando tu existencia, adjudicándola a un mero capricho de su propia y única voluntad, como cuando una semana después, volviendo a interrumpir la sesión, se apropió de tu color, resignada y grandilocuentemente, porque, en realidad, sólo importaba yo.
Nunca habías sido importante, hasta que decidí que entraras en mi universo, y me quedé mirándote, como un pelotudo, en diagonal, fingiendo interés por la escultura de al lado, hasta que levantabas la vista y me mirabas y entonces yo, como un pelotudo, volvía a mi cuaderno y escribir una línea, después volver a mirarte hasta que me chocaba con tus ojos y entonces otra línea, mi querida princesa helada, una y otra vez repitiendo, hasta que estuvo completo uno de mis peores poemas.
Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez, el día que decidiste hablarme, caerme encima con tu discurso predador, perturbarme infinitamente, aunque se manifestara en maneras pasivas perceptibles sólo para mí, aunque era imposible y entonces sí te dabas cuenta, como cuando notabas mis miradas y quería hacerme el boludo, tu propio juego había empezado, junto con mi casting para el protagónico.
Una noche quedamos los dos solos, aunque en realidad no hubo nadie antes, siempre fuimos nosotros dos, pero esa noche, por primera vez, quedamos los dos solos, libres de nuestros discursos, en silencio, decidimos no hablar y quedarnos sentados, como dos pelotudos, mirándonos, porque en realidad no quería otra cosa, mirarte, en silencio, esperar a que vos hablaras y entonces el juego hubiese sido mío, te hubiese ganado, cosa que no pasó porque vos no dijiste nada, hiciste un leve amague y te fuiste, lo que podría haber sido una derrota pero no fue porque acordamos un empate, porque somos dos pelotudos, pero yo más.
Ya era noche cerrada cuando el juego fue mío por un instante, hasta que me obligaste a cambiar de posición, me embestiste y no pude hacer nada, el juego era tuyo, pura y exclusivamente, y cuando te dije que mi sangre era toda tuya no era tan literal, no quería que te la llevaras, que te apropiaras de mi sangre, mi vida, yo quería jugar, seguir jugando, ganar, pero desgarrado no se puede, desangrándome nunca te iba a poder ganar.
Tantas cosas que empiezan como un juego, y acaso se convierten en otra cosa, en algo distinto, porque entre el principio y el fin hay toda una historia, llena de descubrimientos, una historia que se extiende en el tiempo más allá de lo que cuentan los libros, las cosas siguen, y no acaban.
Sí, pero los días pasaban y ya no sabía vivir de otra manera, una y otra vez repitiendo las mismas palabras, generando una obsesión, esperando encontrar algo, in-forme, in-definido, porque en realidad todo lo que quería era retomar donde habíamos dejado, seguir jugando, lo sabés muy bien, soy un mal perdedor y no quería aceptar que me habías ganado.
Mucho después, en algún momento, volví a quedarme sin palabras, volví a encontrar el fin de mi discurso y resigné toda posibilidad de jugar, de ganar, y entonces sí, encontré, algo distinto, algo que no es historia porque es sonrisa, es sentimiento, y, ya sé, ¿pero qué otra cosa querías que te dijera? ¿Qué otro mensaje podría tener sentido ahora? De algún modo tenía que decirle adiós al juego, y seguir hablando. Algo tenía que dejarte antes de volver a jugar en otros lados, y, más sentido que nunca: te quiero.